Xá II

Varkitos por: Emanuelle
Por supuesto que prefiero ser el viento detrás de tus velas que el agua en tus pulmones

pero me conoces y sabes que nunca voy a ser el mejor en separaciones.

Que izen tus velas, que cierren camarotes, que dejen cargado cada cañón

no pienso soltarme sin pelear, sin gritarle al cielo quien soy.


Y es que si tus oídos son sordos y tus ojos ciegos, tal vez nunca entiendas el poder del viento.

Si tus manos siguen entumidas y no dejan de temblar, no deberías navegar en alta mar.

Cuando las espadas no son suficientes en contra de las tormentas de balas

se hace tiempo de remar a las islas donde guardamos las otras armas.

Me juré jamás volver a escribir otra historia que involucrara piratas

pero el mar es el único que cuida las fibras de mí que antes sólo tú tocabas.

Y claro que no quiero hundirme pero ¿Cuándo has visto algún capitán saltar de su barco?

“Las manos arriba y los ojos abajo; esto es un pinche asalto”.

O por lo menos eso parece siempre que llegas diez minutos para no quedarte.

A setecientos kilómetros te veo venir de frente pero ya sé que debo extrañarte.

Te escribo siempre para mentarte la madre pero hoy es sobre toda mi ansiedad,

quiero que sepas que ha mejorado y que me estoy acostumbrando a la sobriedad.

Y sigo partiéndome la madre todos los perros días contra las pastillas

pero ya me harté de estar siempre “bien”. Siempre entre comillas.

Mis papás no han dejado de preguntar que cuándo vas a volver a venir,

no he tenido los huevos de confesarles que ya te perdí.

Las cosas siguen igual que siempre en la escuela:

todo es muy fácil pero me quita un chingo de tiempo y eso me emperra.

Lejos, muy lejos veo que sí hay un faro encendido.

Pero ya no sé si la luz sea suficiente para esconder toda la oscuridad en la que estoy perdido.

Y sé que muchas cosas no han sido mi culpa pero no he dejado de pensar

cómo cambian los pensamientos si te tomas un momento para respirar.

También me atreví a sacar la cabeza del agua y me dejaron de dar miedo los perros

todos los pugs se llaman Elvis y siempre que veo uno, me acuerdo.

Hace un par de semanas descubrí que acá también hay Doña Tota,

¿Crees que me voy a parar sin ti? ¿Con las manos frías y la mirada rota?

Mis amigos no tocan el tema porque saben que es meter el dedo a la yaga.

Y yo lo agradezco un chingo, hablo sólo cuando siento que la ansiedad me traga.

Nunca te gustaron las referencias náuticas pero es que eres igual de fuerte que el pinche océano.

¿Te acuerdas cuando corrimos derecho al mar, pedísimos después de fumar orégano?

Qué chinga todos los pisos en los que tuvimos que dormir

qué huevos que te valía madre y que no te importaba, sólo porque yo estaba ahí.

Y los ángeles mudos nos enseñaron de fragilidad.

Todos los gritos, las llamadas colgadas y las peleas que pasaron allá.

Lo peor que me ha pasado fueron los cuartos separados en Monterrey.

Supongo que no todas las ciudades iban a ser como casa de Fher.

Muchas veces te escribí para mentarte la madre pero hoy es sobre toda esta soledad.

No me molesta cogérmela a ella, sólo espero que sí vayas a querer regresar.